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El tren llegó con tres horas de retraso.
Cuando bajó, el andén estaba vacío.
Solo polvo y el rumor del mar a lo lejos.
Traía una maleta de cartón atada con cuerda y las manos llenas de callos del campo.
Venía del sur.
De un pueblo donde el sol quema hasta las piedras y la gente no habla de lo que duele.
Buscaba trabajo.
Eso decía.
Pero en el fondo buscaba otra cosa.
Algo que no sabía nombrar.
La fábrica estaba al borde del pueblo.
Ladrillos viejos, ventanas rotas, olor a aceite y a metal oxidado.
Dentro, el ruido era constante.
Máquinas que trituraban, brazos que se movían, voces que gritaban órdenes que nadie escuchaba.
El capataz lo miró de arriba abajo.
—¿Sabes trabajar?
—Sé lo que haga falta.
—Empiezas mañana. Seis de la mañana. Si llegas tarde, no vuelvas.
No llegó tarde.
Ella trabajaba en la sección de ensamblaje.
Manos rápidas, mirada firme.
No hablaba mucho con nadie.
Él la vio el primer día.
Pelo recogido, mandil sucio, dedos manchados de grasa.
Ella no lo miró.
El segundo día tampoco.
El tercero, durante el descanso, se sentaron en el mismo banco.
Fue casual.
O eso pareció.
Él intentó decir algo gracioso sobre el capataz.
Ella fingió no escuchar.
Pero sonrió.
Pasaron semanas.
Turnos largos, manos cansadas, palabras cortas.
Una tarde, al salir, llovía.
Él no tenía dónde ir.
Dormía en una pensión que olía a orines y a tristeza.
Ella lo miró.
—¿Tienes casa?
—Algo parecido.
—Ven.
No preguntó por qué.
Solo la siguió.
La casa era pequeña.
Dos habitaciones, cocina de leña, un patio con gallinas.
Olía a pan recién hecho y a mar.
—Puedes quedarte unos días. Hasta que encuentres algo mejor.
—Gracias.
—No es nada.
Pero sí lo era.
Esa noche, mientras ella preparaba sopa en silencio y él miraba el fuego crepitar, algo cambió.
No se dijeron nada.
Pero algo se movió entre ellos.
Como cuando el viento levanta polvo y ya no puedes ver bien el camino.
Él se quedó una semana.
Después dos.
Después dejó de contar.
Caminaban juntos después del trabajo.
Senderos de tierra, campos abiertos, cielo enorme.
Ella le contaba historias del pueblo.
Él le hablaba del sur, de su familia, de por qué se había ido.
Se tumbaban en la hierba a mirar nubes.
—¿Qué ves? —preguntaba ella.
—No sé. ¿Tú?
—Un barco. O quizá un caballo. No estoy segura.
Él la miraba de reojo.
Quería preguntarle cosas que no sabía cómo decir.
Quería saber si ella sentía lo mismo.
Si cuando se rozaban las manos era accidente o algo más.
Pero nunca preguntaba.
Una tarde, después de comer, ella dijo:
—¿Y si montamos algo?
—¿Algo como qué?
—No sé. Una posada. Un lugar donde la gente venga a descansar. Podríamos vender cosas hechas a mano. Bisutería, quizá. Plantar árboles. Cantar canciones viejas.
Él se rió.
—Eso es imposible.
—Todo es imposible hasta que lo haces.
—¿Y cómo lo haríamos?
Ella lo miró.
Esa mirada que lo desarma.
—Hay que fluir en la vida.
Él no supo qué responder.
Solo asintió.
Y por un momento, creyó que era posible.
Que todo era posible.
Pero el miedo es más rápido que los sueños.
Y una mañana, sin avisar, sin motivo real, él hizo la maleta.
Ella lo vio desde la puerta.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿Por qué?
—No lo sé.
Ella no lloró.
No le pidió que se quedara.
Solo asintió.
Como si ya lo supiera.
Él subió al tren.
Miró por la ventana.
Ella seguía ahí, de pie, pequeña contra el cielo gris.
Y mientras el tren se alejaba, él supo.
Acababa de cometer el peor error de su vida.
El sur no había cambiado.
Las mismas calles polvorientas.
Las mismas caras preguntando sin preguntar.
El mismo sol que quema la piel y los recuerdos.
Su madre lo recibió con un abrazo largo y silencioso.
No hizo preguntas.
Nunca las hacía.
—¿Tienes hambre?
—Un poco.
—Siéntate.
Comió sin hablar.
Ella tampoco dijo nada.
Sabía que su hijo había vuelto roto.
Los primeros días fueron lentos.
Se levantaba tarde, caminaba por el pueblo, saludaba a gente que ya no le importaba.
Por las noches, se sentaba en el patio a mirar las estrellas.
Y pensaba en ella.
En su risa.
En cómo se le arrugaba la nariz cuando algo le hacía gracia.
En sus manos rápidas preparando el desayuno.
En el olor a pan de su casa.
En los paseos.
En las nubes que nunca se repetían.
Se despertaba con su nombre en la boca.
Se dormía buscándola en sueños.
Un día, su primo Andrés apareció.
—Te ves terrible.
—Gracias.
—¿Qué pasó allá arriba?
—Nada.
—Mentira.
Se quedaron callados.
Andrés encendió un cigarro.
—¿Era una mujer?
Él no respondió.
—Era una mujer —repitió Andrés, asintiendo solo—. Siempre es una mujer.
—No quiero hablar de eso.
—Está bien. Pero si no haces algo, te vas a pudrir aquí dentro.
Andrés tenía razón.
Lo sabía.
Pasaron semanas.
Meses.
Trabajó en el campo con su padre.
Jornales duros, manos ampolladas, espalda rota.
Pero no servía de nada.
El cansancio no borraba su recuerdo.
Una noche, mientras cenaban, su padre lo miró.
—¿Qué vas a hacer con tu vida?
—No lo sé.
—Pues averígualo pronto. Porque esto no es vida.
Y entonces, una madrugada, mientras no podía dormir, lo recordó.
El sueño.
La posada.
La bisutería.
Los árboles.
Las canciones.
Lo habían soñado juntos.
Pero él lo podía hacer solo.
No por ella.
Bueno, sí.
Por ella.
Pero también por él.
Porque si no lo hacía, se iba a pasar el resto de su vida preguntándose qué habría pasado.
Al día siguiente, habló con su padre.
—Necesito dinero prestado.
—¿Para qué?
—Para montar algo.
—¿Qué cosa?
—Un taller. Voy a hacer bisutería.
Su padre lo miró como si hubiera dicho que iba a volar.
—¿Bisutería? ¿Tú?
—Sí.
—Eso es trabajo de mujeres.
—No me importa.
Su padre suspiró.
—Estás loco.
—Puede ser.
—Pero es tu vida.
Le dio el dinero.
Compró herramientas viejas en el mercado.
Alambres, cuentas de vidrio, piedras baratas.
Instaló un pequeño taller en el cobertizo detrás de la casa.
No sabía nada.
Los primeros anillos eran torcidos.
Las pulseras se rompían.
Los collares parecían hechos por un niño.
Pero siguió.
Cada pieza era para ella.
Cada nudo, cada alambre retorcido, cada cuenta ensartada.
Un mensaje mudo.
"Esto es por ti."
"Esto es lo que no supe decirte."
"Esto es todo lo que soy."
Pasó un año.
Después dos.
Sus manos aprendieron.
Las piezas mejoraron.
Empezó a vender en el mercado del pueblo.
Poco a poco, la gente compraba.
No era rico.
Pero tampoco le importaba.
Solo quería que ella lo supiera.
Que todo eso existía por ella.
Una noche, después de tres copas de vino y el coraje que da la desesperación, escribió una carta.
No pidió perdón.
No suplicó.
Solo le contó la verdad.
"He construido algo aquí.
No es mucho.
Pero es tuyo.
Siempre fue tuyo.
Desde el primer día en la fábrica.
Desde la primera vez que me miraste.
Siento haberme ido.
Siento no haber sido valiente cuando debía serlo.
Pero esto, todo esto, es lo único que sé hacer ahora.
Y quiero que lo sepas."
Firmó con su nombre.
La selló.
La envió.
Y esperó.
Días.
Semanas.
Meses.
Nada.
Solo silencio.
Y en ese silencio, aprendió algo:
A veces el amor no basta.
A veces llegar tarde es llegar nunca.
A veces lo único que queda es seguir adelante y aprender a vivir con el peso de lo que pudo ser.
Aceptó su vida.
Su taller.
Su soledad.
Y siguió haciendo joyas.
Porque ya no sabía hacer otra cosa.
Los días se volvieron iguales.
Despertar al amanecer.
Café amargo.
Horas en el taller con las manos ocupadas y la cabeza vacía.
Hacía pulseras.
Collares.
Anillos.
Los vendía en el mercado los sábados.
La gente compraba.
Decían que eran bonitos.
Que tenían algo especial.
Él asentía.
Sonreía poco.
Volvía a casa con unas monedas en el bolsillo y el corazón igual de pesado.
Su madre lo miraba desde la cocina.
—¿Vas a pasarte la vida así?
—¿Así cómo?
—Solo.
—No estoy solo. Te tengo a ti.
—Eso no cuenta.
Él no respondió.
Se sirvió más café.
—Deberías buscar una mujer. Sentar cabeza.
—No quiero.
—¿Por qué?
—Porque no.
Su madre suspiró.
Sabía que había algo que él no decía.
Pero no insistió.
Nunca insistía.
Pasaron meses.
Un año más.
La carta nunca tuvo respuesta.
Al principio, esperaba.
Cada vez que alguien llamaba a la puerta, el corazón le daba un vuelco.
Cada vez que había correo, las manos le temblaban.
Pero nunca era ella.
Después dejó de esperar.
Aceptó que ella había seguido adelante.
Que probablemente se había casado.
Que tenía hijos.
Que él era solo un recuerdo vago.
Un error de juventud.
Y lo entendía.
Él también era eso para sí mismo.
Una tarde, Andrés volvió a visitarlo.
—Sigues aquí, encerrado como un monje.
—Estoy trabajando.
—Estás escondiéndote.
—Es lo mismo.
Andrés se sentó en el banco del taller.
Miró las joyas colgadas en la pared.
—Son bonitas.
—Gracias.
—¿Para quién las haces?
—Para nadie.
—Mentira.
Él dejó de trabajar.
Miró a su primo.
—¿Qué quieres, Andrés?
—Que vivas. Que salgas de aquí. Que conozcas a alguien. Que te rías. Que hagas algo más que fabricar recuerdos en metal.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque todavía la quiero.
Lo dijo en voz baja.
Pero lo dijo.
Andrés asintió.
No se burló.
No dijo nada estúpido.
Solo puso una mano en su hombro.
—Lo sé.
Esa noche, no pudo dormir.
Salió al patio.
Miró las estrellas.
Pensó en ella.
En si estaría mirando el mismo cielo.
En si alguna vez pensaba en él.
En si había recibido la carta.
En si la había leído.
En si le había importado.
No lo sabía.
Y nunca lo sabría.
Se sentó en el suelo.
Y por primera vez en años, lloró.
No de rabia.
No de tristeza.
Solo de cansancio.
Cansancio de cargar con algo que no tenía solución.
A la mañana siguiente, se levantó temprano.
Se lavó la cara.
Desayunó.
Y volvió al taller.
Porque era lo único que sabía hacer.
Tomó un alambre.
Unas cuentas de vidrio azul.
Y empezó a hacer una pulsera.
No pensó en ella.
O lo intentó.
Pero cada nudo era su nombre.
Cada vuelta del alambre era su risa.
Cada cuenta era un día que pasaron juntos.
Terminó la pulsera al atardecer.
La colgó en la pared junto a las otras.
Y supo que nunca iba a dejar de hacerlas.
Que iba a pasarse el resto de su vida haciendo joyas para una mujer que no volvería.
Y estaba bien.
O eso se decía.
Pasó otro año.
Cumplió treinta.
Después treinta y uno.
Su madre enfermó.
Nada grave.
Pero la edad empezaba a pesar.
Él cuidó de ella.
Cocinaba.
Limpiaba.
Trabajaba en el taller por las noches.
La vida se volvió más pequeña.
Más simple.
Más solitaria.
Y aprendió a vivir con eso.
Aprendió que el amor no siempre tiene final feliz.
Que a veces solo queda el recuerdo.
Y que el recuerdo también puede ser una forma de compañía.
Una tarde de otoño, mientras trabajaba, escuchó ruido afuera.
Un carruaje.
Ruedas sobre la tierra.
Caballos resoplando.
No le dio importancia.
Siguió trabajando.
Hasta que escuchó la voz de su madre.
—¡Hijo! ¡Ven!
Dejó las herramientas.
Salió.
Y la vio.
Bajando del carruaje.
Con una maleta vieja.
Dos gatos en una cesta.
Y esa sonrisa.
Esa maldita sonrisa que nunca olvidó.
Se quedó quieto.
No podía moverse.
No podía respirar.
Ella caminó hacia él.
Despacio.
Como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Se detuvieron a un paso de distancia.
Ninguno dijo nada.
Ella tenía los ojos húmedos.
Él también.
Y entonces, sin palabras, sin explicaciones, sin promesas, se abrazaron.
Como si el tiempo no hubiera pasado.
Como si nunca se hubieran ido.
Como si todo el dolor, toda la espera, todo el silencio, hubiera sido solo un mal sueño.
Esa noche, después de cenar en silencio, después de que su madre se fuera a dormir con una sonrisa en los labios, se sentaron en el patio.
—¿Por qué viniste? —preguntó él.
—Porque recibí tu carta.
—Eso fue hace más de dos años.
—Lo sé.
—¿Y por qué tardaste tanto?
Ella lo miró.
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De que ya no me quisieras. De que fuera demasiado tarde. De que lo que tuvimos fuera solo un sueño.
Él tomó su mano.
—No fue un sueño.
—Lo sé. Por eso vine.
Se quedaron callados.
Mirando las estrellas.
Como antes.
Y por primera vez en años, él respiró tranquilo.
Porque ella estaba ahí.
Y eso era suficiente.



